Muchos aún creen que liderar es tener autoridad… pero no es así.
Durante años se confundió liderazgo con jerarquía. Se pensó que quien tenía el cargo más alto era, automáticamente, el líder. Pero la realidad organizacional nos demuestra algo distinto: el liderazgo no se impone, se construye. No depende del puesto, sino de la influencia. Un jefe manda. Un líder forma. La diferencia parece sutil, pero transforma culturas completas. El jefe tradicional se enfoca en el control: supervisa, corrige, exige resultados y mide desempeño. Su autoridad proviene del organigrama. Si no está presente, muchas veces el equipo se paraliza. El líder formador, en cambio, desarrolla personas. No solo busca que las tareas se cumplan, sino que cada integrante crezca en el proceso. Su influencia no depende del cargo, sino de la confianza que genera. Cuando no está, el equipo sigue avanzando porque aprendió a decidir. 🔎 Hace un tiempo trabajé con un supervisor que estaba frustrado porque su equipo “no daba la talla”. Decía que tenía que revisar todo,...