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Los líderes que inspiran hacen algo que casi nadie nota… y no tiene que ver con hablar bonito

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  Hace unos meses escuché a un gerente decir: —“Yo siempre tengo la puerta abierta para mi equipo”. Sonaba bien. Pero cuando pregunté a uno de sus colaboradores cómo era trabajar con él, su respuesta me sorprendió: —“Sí, su puerta está abierta… pero nunca tiene tiempo para escucharnos”. Ahí está una de las grandes paradojas del liderazgo. Estar disponible no significa estar presente. Los líderes que realmente inspiran hacen algo que muchas veces pasa desapercibido: prestan atención a las personas. No solamente escuchan lo que alguien dice. Observan. Notan cuando aquel colaborador que normalmente participa deja de hacerlo. Perciben cuando un equipo empieza a perder energía. Preguntan cuando alguien cambia su comportamiento. Y, sobre todo, no esperan a que aparezca un problema para conversar. El liderazgo comienza mucho antes de tomar una decisión Imaginemos a una jefa que nota que uno de sus mejores colaboradores ha comenzado a llegar tarde, participa menos en las reuniones y entr...

El proyecto fracasó… aunque todos hicieron bien su trabajo

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  El proyecto terminó en fracaso. No hubo un culpable evidente. Nadie llegó tarde. Nadie incumplió sus tareas. Los especialistas hicieron lo que sabían hacer. El equipo cumplió con los entregables. El cronograma, al menos en el papel, se respetó. Entonces apareció la pregunta incómoda: ¿Cómo puede fracasar un proyecto cuando todos hicieron bien su trabajo? La respuesta suele estar en algo que muchas organizaciones pasan por alto: hacer bien cada tarea no garantiza que el sistema funcione bien. Imaginemos un proyecto para implementar un nuevo sistema de atención al cliente. Tecnología configuró correctamente la plataforma. Recursos Humanos capacitó al personal. Operaciones diseñó los nuevos procedimientos. Finanzas controló el presupuesto. El proveedor cumplió con sus entregables. Todos hicieron su parte. Sin embargo, tres meses después, los colaboradores seguían utilizando hojas de Excel, los clientes experimentaban demoras y los indicadores de productividad habían empeorado. ¿El ...

Trabajaba 12 horas al día… y seguía llegando tarde a todo

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  Durante meses, Carlos estaba convencido de que su problema era la falta de tiempo. Llegaba a la oficina antes que todos. Se iba cuando prácticamente no quedaba nadie. Respondía correos durante el almuerzo, atendía reuniones una tras otra y, al llegar a casa, todavía revisaba mensajes pendientes. —“No me alcanza el día”, repetía constantemente. Sin embargo, había algo que no podía explicar: trabajaba doce horas al día y seguía llegando tarde a las reuniones, entregando tareas fuera de plazo y sintiendo que siempre tenía algo pendiente. ¿Te resulta familiar? El problema de Carlos no era la cantidad de horas disponibles. Era cómo estaba administrando su atención, sus prioridades y sus compromisos . El mito de estar ocupado Uno de los grandes errores en la administración del tiempo es confundir actividad con productividad . Responder 30 correos no significa necesariamente avanzar en los objetivos. Participar en ocho reuniones no significa haber tomado decisiones importantes. Traba...