El error de tratar a todos igual: no todos necesitan el mismo liderazgo.
Hace unos meses, un gerente me dijo:
—“Yo trato a todos por igual. Creo que esa es la mejor manera de ser un buen líder”.
La frase sonaba bien.
Incluso parecía justa.
Pero entonces le hice una pregunta:
—“¿Y si tratar a todos igual no significa liderarlos bien?”
Se quedó pensando.
Porque ahí está uno de los grandes desafíos del liderazgo: confundimos igualdad con efectividad.
Imaginemos a dos colaboradores.
Carlos acaba de ingresar a la organización. Tiene mucho potencial, pero todavía necesita orientación, seguimiento y claridad sobre lo que se espera de él.
María, en cambio, lleva cinco años en la empresa. Es experta en su trabajo, toma decisiones y prácticamente no necesita supervisión.
Si el líder utiliza exactamente el mismo estilo con ambos, probablemente tendrá problemas.
A Carlos podría darle demasiada autonomía y dejarlo perdido.
A María podría controlarla excesivamente y terminar desmotivándola.
El problema no está necesariamente en los colaboradores. Está en utilizar una única forma de liderar.
¿Entonces qué podemos hacer?
Una herramienta muy útil es el liderazgo situacional.
La idea es sencilla: adaptar nuestro estilo de liderazgo al nivel de experiencia, competencia y compromiso de cada persona.
Podemos trabajar con cuatro enfoques:
🔹 Dirigir: cuando la persona necesita instrucciones claras y seguimiento cercano.
🔹 Entrenar: cuando tiene capacidad, pero todavía necesita desarrollar confianza y habilidades.
🔹 Apoyar: cuando sabe hacer el trabajo, pero requiere acompañamiento, motivación o confianza.
🔹 Delegar: cuando tiene experiencia, autonomía y capacidad para asumir responsabilidad.
El error aparece cuando usamos siempre el mismo.
Por ejemplo, un jefe que revisa cada detalle puede pensar:
“Estoy acompañando a mi equipo”.
Pero su colaborador puede estar pensando:
“Mi jefe no confía en mí”.
También ocurre lo contrario.
Un líder que dice:
“Yo les doy libertad total”.
Puede estar confundiendo autonomía con ausencia de liderazgo.
Una herramienta sencilla para empezar
Antes de decidir cómo liderar a una persona, podemos hacernos tres preguntas:
1. ¿Sabe hacerlo? Evalúa su experiencia y competencia.
2. ¿Quiere hacerlo? Observa su motivación y compromiso.
3. ¿Qué necesita de mí en este momento? Instrucción, entrenamiento, apoyo o autonomía.
Y hay algo todavía más importante:
la respuesta puede cambiar.
Una persona que hoy necesita dirección, mañana puede estar preparada para asumir autonomía.
Por eso, liderar no consiste solamente en conocer a nuestro equipo.
Consiste en observarlo, escucharlo y ajustar nuestra manera de acompañarlo.
Quizás el liderazgo más efectivo no sea tratar a todos por igual.
Quizás sea darle a cada persona lo que necesita para crecer y alcanzar su mejor versión.
Porque un buen líder no pregunta:
“¿Cómo lidero a mi equipo?”
Pregunta:
“¿Qué necesita cada persona de mí para poder avanzar?”
Y tú, ¿crees que en nuestras organizaciones estamos adaptando realmente nuestro estilo de liderazgo a las personas, o seguimos intentando liderar a todos de la misma manera?
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